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27/4/18

La odisea del Calima


Se escurrían las nubes sevillanas, caían las últimas gotas de agua de aquel largo invierno de mayo, se planificaba desde muchos meses atrás, quizás era  diciembre o enero no recuerdo, pero al fin el día de salida se aproximaba velozmente.

Expedición al Lago Calima, un nutrido grupo de pescadores y de cazadores, alistaban unos las varas de pesca, otros las escopetas, además algunos perros expertos en cacería.

Todo era alegría y concordia, su organizador, Miguel, claro “Radio Miguel”, les apuraba para que cancelaran sus respectivas cuotas. No había pesca  la cual no la organizara “Radio”, estaba en todas, animando y organizándo.
Por fin llego el anhelado verano y la alegría se desbordaba en cada uno de los integrantes del grupo.

Salida cuatro de la mañana, todos van desfilando, morral al hombro, vara de pesca y todo lo necesario para darle un buen baño de sol a las enormes tilapias que se pescan en el lago del Calima; los cazadores portaban escopetas calibre 22 y buena munición, uno que otro llevaba un pequeño fusil con balas, por si alguna pieza de gran tamaño se les cruzaba en el camino.

Por fin llegan al lago por la parte de los motores, costado occidental, donde a pocos kilómetros empieza la selva del Calima.

Ya instalados, cada uno se ubica en una parcela de pesca, los cazadores sueltan uno o dos perros que llevaban, los cuales los van guiando a la pequeña arboleda donde se iniciaba la oscura selva, cazan varias “moradas” (tórtolas), los perros los conducen tras un enorme guatín que venían olfateando, es tanta la algarabía de perros y cazadores que los pescadores cierran sus varas y se unen al grupo de cazadores, parece que el guatín fuera de otro mundo, porque va envolatando a perros, cazadores y pescadores, así van llegando las horas de la tarde y el guatín desapareció como por arte de magia, esta persecución termino, aburridos quedaron todos, cansados y con hambre, bueno que se le va a hacer, otro día será.

De pronto se escucha el cantar de la pava que regresa a su nido, silencio, uno de ellos apunta su escopeta y cuando va a disparar, la pava salta a otro árbol, emocionados y sigilosos van tras ella, pero vuelve a saltar, esta vez queda muy cerca a uno de ellos, este la logra ver, es enorme, apunta pero empieza a temblar, dispara con tan mala suerte que casi se cae y tampoco logro darle, solo que al momento de volar el ave, le deposita una enorme mierda en su rostro; así fueron siguiendo la pava sin percatarse que había oscurecido, ya no se veía nada, además la luna estaba menguada y la noche era bien oscura.

Que vamos a hacer, por donde es el camino hacia el camión, pregunta el topógrafo (en el grupo iba un topógrafo amigo de pesca), si no sabe usted que es topógrafo, menos nosotros, a ver calmémonos dice un corpulento hombre, ya entrado en años, Miguel usted que es el experto y conocedor de estos caminos guíenos por favor hasta el camión, camión que había quedado custodiado por otro de los muchos integrantes del grupo con la diferencia de que a este no le gustaba la caza, en el camión había quedado toda la comida y provisiones  para su subsistencia.

“Radio” Miguel trataba de direccionarlos pero era más fácil reunir una manada de micos para sacarles una foto que tener callados al grupo.

La oscura noche alargaba las horas y se hacían mucho más tenebrosas por la nube de zancudos que los rodeaba (menos mal que los gringos no habían inventado el chikungunya todavía), ya no había lugar del cuerpo donde los insectos no disfrutaran de las ricas “mieles” de la sangre, parecían vampiros, las machacas revoloteaban a su alrededor, ellos no les prestaron atención (la cura para la picadura de la machaca se había descubierto), la larga caminada en busca del refugio que les proveía el camión, y el frío  los fue minando haciendo que se fueran juntando para conseguir un poco de calor.

Luces en el cielo que van y vienen, ¿que serían esas luces?, señales, ovnis, brujas en busca de victimas para ejecutar sus maleficios, ronquidos a lo lejos cual si fuera el Mohán, o el rugido de una enorme fiera. Estos fueron sus últimos pensamientos porque uno a uno fueron cayendo en los brazos de Morfeo, hasta allí se acordaron entraron en el mundo de los sueños.

Unos tenues rayos solares aporreaban sus ojos y las ranas y sapos brincaban por encima de ellos, el primero en despertar fue el topógrafo y los fue despertando uno a uno, todos ya de pie trataron de ponerse de acuerdo que camino coger, añoraban un buen tinto de esos que venden en Casa-Blanca o las empanadas vaticanas que madrugaba a vender “Pedro Fatiga” - ay, cuanta suerte tienen quienes en ese momento disfrutaban de ese rico  tinto-, bueno volvamos al camino, todos señalaban puntos cardinales diferentes y para ponerse de acuerdo tiraron el cara y sello, lanzaron la moneda la que cayó en un  pantanero, la moneda cayo ahogándose en el, el más avezado  de todos se lanzó en pos de ella cayendo de bruces y con toda su humanidad en mitad de ese pantanero salpicando a todos los boqui-abiertos que no esperaban tan fatal final, el pobre hombre en su caída se lastimo un tobillos, ahí si fue Troya, como dicen los sabios “cagado y el rio lejos”. Primero el susto, después la risa seguida de un profundo dolor, como siempre el malabarista que se lanzó a coger la moneda, se aporreo y se metió tremendo baño en barro, bueno, ahora sí, el topógrafo tiene que saber, él empezó a mirar el sol como adivinando por donde salió el Astro Rey, los caminos cruzados por todos lados, vamos por aquí, está más despejado, empezaron a caminar, les dieron las tres, las cuatro, las cinco, las seis ya empezaba a oscurecer, se acababa el día ¡¡, nos perdimos, hombre como así “Radio” usted no conocía bien el camino, empezaron los reclamos, afloro el nerviosismo, los morrales con la sardina,  el salchichón, la gaseosa y el pan, se quedaron en el camión, ahora sí, que hacemos con esta hambre que tenemos y empezó el cerebro a jugarles bromas de mal gusto, mientras las tripas rumbaban, recordaban la chuleta del Volga, la sobre barriga de Toñito, una Póker bien fría, la oscuridad inundo el lugar, la noche, el frío y el aguacero que les cayó encima volvió y les recordó que estaban perdidos, después de que la lluvia ceso,  y todos empapados, temblando de frío se empezaron a ir reuniendo como la noche anterior para darse calor y defenderse de los insectos, otra vez las luces, otra vez los ronquidos y vuelve a sus mentes las fieras, los hambrientos lobos, los pumas.

Esta noche se jugaron al sorteo quien vigilaba, perdió el más callado de todos, el que no musitaba palabra, ahora ya podían dormir tranquilos, así termino la noche con todos dormidos, hasta el vigía durmió a pierna suelta.

Una vez más las ranas, los sapos y una bandada de pavas que se burlaban de los miembros del grupo, no tenían alientos, ni siquiera se acordaron que tenían escopetas para cazar, solo pensaban en como regresar, añoraban sus casas, sus esposas, sus hijos y un plato de sancocho caliente, algunos de ellos picados por las machacas y tenían que buscar urgentemente el remedio.

Bueno ahora la orientación era diferente, le dieron golpe de estado al topógrafo, fracasó en el intento, le tocaba a otro y no podía ser otro que “Radio” Miguel, retrocedamos y subamos por esa pequeña montaña a ver cómo nos va, pero ese es un camino muy largo, pero bueno hagámoslo, y así lo hicieron, a eso de las cinco de la tarde lograron subir a al pequeño montículo,  enorme fue su alegría, desde allí y a sus pies estaba la Carretera Central, que va desde Buga a  hasta Lobo-Guerrero, no habían más de doscientos metros hasta la vía, todos corrieron, y corrieron como locos, ahora quedaba hacer una larga caminata hasta el lago y ubicar el camión, cuando llegaron, harapientos y mal olientes, llevaban tres días perdidos.  Se armó una gran algarabía por el regreso de los perdidos, comieron, se bañaron y durmieron muy bien.

Al día siguiente madrugaron todos a contar la historia, por allí apareció un lugareño, y cuando escucho la historia, soltó una larga carcajada burlona, cuando paro de reírse, los invito a que lo acompañaran a un sitio especifico que quedaba en un alto para desde allí mostrarles donde fue que se perdieron, les señalo un pequeñísimo bosque, en el cual estuvieron dándole vuelta y vueltas durante dos noches y tres días, que pena no se les vaya a ocurrir contar la real historia, allí se dieron cuenta que quien roncaba tan fuerte de noche y las luces que se veían eran los grandes camiones, que bajaban  con el freno de motor, para no descender  a mucha velocidad.

Ya olvidaron a lo que iban, se acabó la pesca, se acabó la cacería, vamos de regreso a casa, picados de la machaca algunos, hambreados, con sueños atrasados y una historia que contar, “la odisea del Calima”; gravada en un casete que nunca pude recuperar, pero que creo se aproxima mucho al relato que hacia mi querido suegro “Radio Miguel”.

P.D
Evoco con nostalgia aquella época en que nos aventurábamos sin más temor que el encuentro con la madremonte, el pollo maligno, los duendes…
Época en que nos armábamos de valor y siempre a la espera de que al lado de mi suegro (“Radio”) aunque nuestra pesca no tuviera el tamaño del cayo del pescador, si nuestra aventura diera para recrear las tardes enteras.       

Abril 23 de 2018

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9/10/17

Tras las huellas del tesoro de Cuellar

Por allá a mediados del siglo pasado, en este bendito pueblo, Sevilla, la del Valle del Cauca, corrían rumores, que en ciertas épocas del año, concretamente a mediados de año, cuando el sol veraniego calcina los huesos y sus frescas noches nos ponen a temblar; cuando las sombras de la noche se hacían más oscuras, dos mulas deambulaban por la ribera de la quebrada, arriadas por el alma de Cuellar, dicen quienes las vieron que los cascos de las mulas sonaban cuando se atascaban en el barro y que los doblones españoles y los riales tintineaban, que al alejarse quedaba el olor característico del oro y del azufre, decían los vecinos que las mulas llevaban en sus lomos de a dos cofres enormes con su tesoro.

Ocurrió por los lados de la vereda Limones, en tiempo aquellos donde aún los duendes, las brujas y los malos espíritus cuidaban los entierros.

Bueno fue así como lo relato uno de los ciudadanos.

Por esa época, en Sevilla había un grupo de pescadores, los que se reunían a departir un buen café y a contar historias de pesca, a cual más tenía el famoso callo, el cual se marcaba en el codo, al parecer así eran los peces que ellos sacaban, claro por supuesto eran las piezas más pequeñas, bueno entre café y café, charla y charla, un día cualquiera les llego el cuento, relatado según ellos por un testigo presencial.

Este grupo selecto de amigos organizo la expedición, porque además todos ellos eran amantes de la guaquería, entre ellos Miguel Ángel Cardona, Luis Guarín, Gustavo Gallego “Mamoncillo”, Freddy “Pichón de diablo”, dos personales más que no se sus nombres porque siempre los llamaban por sus chapas, “Malagana” y “Rellena”.

Bueno preparados para el viaje, nueve de la noche llego Gustavo a casa de Miguel de ansiosos lo esperaban Freddy, Miguel, “Malagana”,  “Rellena” y don Luis Guarín, empezó la expedición, era una camioneta prestada y bien destartalada, solo Gustavo sabia manejar esa joya de principios del siglo pasado, 40 minutos y destino final, desembarcaron al pie de la quebrada y Gustavo dejo la camioneta cerca al rio, bueno mientras las noche se perdía en una oscuridad profunda, empezaron a pescar mientras se iba llegando con lentitud la hora, algunos relámpagos en seco empezaban a iluminar la noche por allá a lo lejos pero también los relámpagos se acercan lentamente.  

Cuando la hora llego un relámpago ilumino el rio, detrás un estruendoso trueno, pero cuando se ilumino el césped, en él se proyectó una gruesa y negra figura, es Cuellar grito Luis Guarín, llego la hora dijo “Rellena”, hágale usted Miguel que es el que sabe de esto, Miguel avanzo unos metros en la oscuridad hasta encontrar la figura, se arrodillo delante de la figura que allí se pintaba y aparecía y desaparecía cuando el cielos se iluminaba; “de parte de dios todo poderoso que queres” “ eres el espíritu de Cuellar que deambula como alma en pena, si eres Cuellar, nos podrías compartir tu tesoro ¡ya tu no lo necesitas porque no eres de este mundo¡”, otra vez el cielo se ilumino y ahora la sombra se proyectaba como en un principio, Miguel arrodillado formando una extraña figura, es Satanás dijo “Pichón”, entonces los nervios de los guaqueros se crisparon, se ilumino nuevamente el cielo, “¡es el diablo en persona¡” grito “Pichón de diablo” esta vez con un tremendo alarido de pavor, el grupo se disolvió, corrían como guatines que corren veloces huyendo de las fauces de la jauría de lobos, Miguel y Freddy chocaron en la carrera, los dos cayeron encima de la figura con tan mala suerte que se enredaron sus pies, gritaban los dos tratando de pararse nos cogió, auxilio, nos lleva el putas, hasta que por un milagro se pararon y continuaron la huida, al correr, chumbulum al agua fueron a dar; Gustavo cuando escucho el grito de “Pichón”, arranco la camioneta y cruzo el riachuelo a tal velocidad que voló agua hasta Caicedonia, en su huida llego hasta la plaza de La Concordia, cuando llego, los pocos paisanos le preguntaron qué había pasado con los expedicionarios, en ese momento se acordó el pobre “Mamoncillo” que había dejado a sus compañeros de aventura  en manos del demonio. El resto de personal corría y corría, el pánico se había apoderado de todos, unos caían, otros se acordaron de los dioses y oraban de rodillas.

Pasaron las horas, empezaron a llamarse para ubicarse, unos respondían otros quedaron como estatuas y mojados sus pantalones, no se sabía si era orines o agua, todo fue llegando a la calma y bajo una palmera se fueron reuniendo hasta que amaneció, cuando ya el alba despuntaba y salieron los primeros rayos del sol, “Mamoncillo” llego en la vieja camioneta, la gallada estaba reunida de nuevo, sanos y salvos.

Envalentonados con la luz del día, retornaron al lugar donde se les apareció el espíritu de Cuellar y recrearon de nuevo el cuadro, reconstruyeron los pasos de nuevo para encontrar con gran decepción que lo que la luz  de los relámpagos proyecta era el tronco de una palma que el administrador de la finca había cortado y quemado días anteriores.

Estos amigos se quedaron sin el tesoro de Cuellar, sin las varas de pescar porque en la huida volaron quien sabe dónde.

Esta historia me la contó “Pichón de diablo”, a propósito el eco de su grito aun viaja por todo el Valle del Quindío.

El tesoro aún existe, si alguien lo quiere buscar, no olviden llevar un crucifijo por si algún demonio se salió del infierno sin permiso y quiere hacer travesuras.

Quien es Cuellar, no lo sé seguramente algún campesino que murió por allí y su espíritu aun deambula y que cierta noche de oscuridad quiere volver a la vida, o de pronto Cuellar era un rico hacendado que escondió sus tesoros y que no ha llegado el hombre al que se los quiera entregar.   

jairvalenciagaspar@yahoo.es       

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5/4/17

Argemiro Quintero Mesa “Beethoven”

"Beethoven" un teórico de la música, un hombre de vasta cultura, nació en Armenia, Quindío pero desde joven se radicó en Sevilla, donde fue director de la banda municipal y profesor de música en el colegio General Santander. Murió en 1996, a la edad de 86 años, uno de los personajes más queridos  de esta población: Argemiro Quintero Mesa, musicólogo, bohemio, repentista y protagonista de un vasto anecdotario que repiten con gracia todas las generaciones de sevillanos.

Él siempre quiso que al final de su vida rezara en la piedra de su tumba como epitafio...“Estoy aquí en contra de mí voluntad ‘’


Hermano de Gonzaga “Totogol”, Maestro, porque odiaba que le dijeran profesor, hombre de paz, filósofo sin título y músico de profesión.

Entre blancas, negras, fusas, semifusas, corcheas y semicorcheas, construyo su mundo, un mundo lleno de experiencias y de una sencilla vida, cargada de anécdotas en las cuales muchos de los bohemios vivimos al lado de Argemiro.
Su cosmogonía fue al lado de la música, amaba la Clave de Sol, quizás porque fue el único sol que ilumino su vida, de echo la hizo reproducir en hierro forjado y soldarla a su ventana.

Me cuenta un amigo que por allá en el año de 1979, cuando el terremoto de Tumaco, departían con él, en el bar de Los Cambulos, todos los allí presentes, medio prendidos o tal vez medio borrachos salieron despavoridos, arrastrando mesas y quebrando envases,  en esa infernal estampida para salvar sus vidas, ubicándose en medio de la calle, al terminar el movimiento, a oscuras y después de ese susto tan verraco, se acordaron de Argemiro, volvieron sus pasos hacia el bar, lo encontraron sentado terminando el último trago de su caneca de aguardiente, le dijeron Argemiro, porque no salió con nosotros, no ve que se había podido caer la casa y matarlo, pero él con su envidiable sabiduría les contesto “no ven muchachos que afuera también estaba temblando”

En otra ocasión cuando fumar marihuana era pecado y un gran delito, un grupo de jóvenes, amigos de ustedes y míos, se deslizaron por las semi-oscuras calles hasta ubicarse en el atrio de la iglesia, hoy Basílica, con sus porros armados, creyendo que si los fumaban en el atrio, los iban a santificar y fumarían marihuana bendita, bueno ellos estaban embelesados  buscando los colores del universo y contando estrellas, me asegura uno de los amigos que hacían este ritual indio, que vieron una robusta y calva figura que salía del bar  Richard y se posaba al frente de ellos, muchachos que hacen allí, no es hora de la misa, mis amigos le responden maestro y usted que hace a estas horas, se puede resfriar y él en una de esas salidas que solo un genio tiene, se mete la mano a uno de sus bolsillos, hace que saca una moneda, se acerca a una tapa de acueducto, imita echar una moneda, mira hacia el cielo, mis amigos intrigados salen a la calle y también miran al cielo, le preguntan maestro que mira, les responde mirando al reloj de la iglesia muchachos la arepa que me comí ayer me hizo subir una libra, la mamada de gallo fue monumental.

Decía  Argemiro, que en Semana Santa no bebía por respeto a su hermana, porque cada año por esta época crucificaban y mataban a su cuñado, él era hermano de una monja sor Quintero y ella estaba casada con Cristo.

Otro día, a tempranas horas de la noche, va a un restaurante, compra un seco, como llamábamos la cena después de las nueve de la noche, en su camino y como era casi su costumbre cuando no estaba prendido, se arrimaba al club Los Alpes, este era un antiguo jugadero de rumi, veintiuna, dados y una que otra ruleta, bueno Argemiro sube las escalas, deja su cena sobre el mostrador y da su vuelta de rigor a ver si encontraba algún amigo que estuviera libando, pero parece que no encontró aninguno, al salir ohh sorpresa, no encontró la caja con su cena, se la robaron, el pobre hombre se quedó sin su cena;  tiempo después volvió a ingresar de nuevo al club, subió las escalas, deposito su caja en el mostrador, dio la vuelta de rigor y que tal, la caja desapareció, pero esta vez Argemiro salió sonriente, este gran músico y mejor filósofo, había metido una rata muerta  dentro de la caja, jajajajajajajajaja.

En una ocasión cuando se inauguraba la música sacra también en nuestra Basílica, la iglesia estaba llena de feligreses, entró con paso suave y pausado como siempre los hacia Argemiro Quintero Mesa, el filósofo, el músico y  Maestro como nos dijo un día que lo llamamos profe, que él no era profesor que él era un maestro, nos corrigió, hoy comprendo porque, bueno retomemos la historia que quedara grabada para siempre entre los sevillanos que asistieron al recital de música de la Sinfónica del Valle, Argemiro llevaba una bolsa que colocó a su lado para escuchar el recital, empezó el recital y al terminar se escucharon largos y cerrados aplausos, el director en un gesto de amabilidad para con los sevillanos, invito a quien quisiera dirigir la Sinfónica, Argemiro se levantó de su sitio y camino hacia el director, algunos murmuraban, otros sus cachetes coloreaban y otros sonreían esperando el oso que haría Argemiro, tomo la batuta y dirigió la Sinfónica como si fuera viejo conocido por las notas musicales interpretadas por los integrantes  de la Sinfónica, que sorpresa tan enorme y que palmo de narices para todos, Argemiro era mejor director que filósofo y que maestro, Sevilla entera se levantó y aplaudió sin cesar, aplausos que aún resuenan en nuestras mentes, la mayoría rompió en llanto e inflaron su pecho por tener semejante director entre los sevillanos. Cuando termino el director le pregunto su nombre  y el buen hombre le respondió que él era “Beethoven”.
   
No son pocas las anécdotas que se pueden escribir de este maestro, porque su vida entera está enmarcada en una sola anécdota, goterero de profesión, jamás compraba guaro, siempre iba de mesa en mesa, de bar en bar, gotereando guaro,  y para no perder su fama de goterero, en las últimas horas de la noche y ya cuando el dinero escaseaba en los bolsillos de sus amigos,  en el último bar, él llamaba al más amigo de la mesa y le daba plata para que comprara el caneco, así conservaba  su fama de goterero.

Cuando el maestro llegaba a un bar, desde la puerta atisbaba las mesas una a una por el rabillo del ojo, conocedor de su oficio y de los bares, inmediatamente localizaba a sus pupilos,  con la cultura  y sabiduría que poseía se acercaba y se sentaba, amigo Valencia, puedo sentarme, por supuesto, maestro, empezaban entonces sus relatos e historias, y de historia en historia, trago y trago, nadie lo alcanzaba, siempre terminaba primero, de la mesa el más descuidado o el que más se tardara en tomarse el trago, le iba mal, porque Argemiro, decía enroquemos y cambiaba su copa vacía por la que estaba llena del que se descuidara.

Cargaba en un bolsillo una arepa y en el otro un pan viejo, cuando se arrimaba donde su familia y le ofrecían comida, el solo recibía café, se sentaba y sacaba primero el pan y luego la arepa, claro que no los consumía todos, es más si se los comía, le decía Mery, (Mery, era mi suegra, prima hermana de Beethoven) regálame otra arepa, la que metía en una bolsa y luego a su bolsillo para llevársela. Argemiro, casi siempre chasqueaba y frotaba sus uñas generando un sonido especial, cuando llegaba a su casa y abría la puerta, empezaba a chasquear sus uñas, al instante aparecían unas enormes y robustas ratas que él alimentaba todos los días, hablaba con ellas constantemente, muchas veces las regañaba y alegaba con ellas.

Bellísimo personaje, nos deleitó con sus cuentos e historias, con sus enseñanzas y su alegría que contagiaba a cualquiera, pero un día, desapareció del panorama, murió, se fue dejándonos un gran legado, porque sé que contribuyo a la formación de muchos músicos en Sevilla, la del Valle del Cauca como diría el amigo Edgar Alzate.

Argemiro Quintero Mesa “Beethoven”,  se nos fue con su música a otra parte, hoy con su batuta,  sus partituras y la enorme Clave de Sol que tenía gravada en su mente, dirige música angelical en compañía de Orfeo (dios de la música),  escribe y dirige canciones con el coro celestial.          

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23/3/17

Chávela

Era un hombre fornido, de una fuerza descomunal, de donde era…, no sé,  solo recuerdo que se distinguía por su sombrero negro, tal vez fue gris o quizá blanco, pero se veía negro y arrugado, seguramente por el uso y la  mugre. Chávela era un personaje de esos que nunca se olvidan, lo conocí en la Galería, transportando mercados en un canasto súper gigante, el cual tenía una cinta para colgárselo en la cabeza, y llevaba los mercados desde   la Galería hasta cualquier parte de Sevilla, por unas pocas monedas que le servían para sus alimentos y lo que le sobraba para ingerir cerveza.

Así fuimos creciendo él y yo,  él envejecía  cargando mercados y ganándose la vida, yo maduraba, crecía y lo observaba, siempre lo observaba, al principio me parecía gracioso pero un día al tratar de levantar el canasto de Chávela,   a raíz de ese ensayo, creo adquirí una hernia, entonces comprendí sobre la Sansonica y descomunal fuerza que seguramente se le daba la poca alimentación que comía, la cerveza y el cigarrillo, porque fumaba impresionantemente.

Un día me dije, quiero tener la fuerza de Chávela y empecé a injerir cerveza y oh que horror, la cerveza era solo para el personaje que marco esa historia por los lados de la Galería.

Cuando las fuerzas se le fueron agotando al pobre Chávela, ya no se le volvió a ver más por la galería cargando mercados, porque a propósito por ese tiempo apareció el odioso plástico, el que seguramente desplazo a todos los cargueros de mercados de la galería.

Algún día, cuando era yo un menor de edad todavía, pero adolecente de buen gusto, departía con  algunos de mis amigos, entre otros Jorge Enrique Gaviria “Once Pasos” en el café Changay, nos encontramos al querido y apreciado Chávela recogiendo los cunchos de cerveza que dejaban los borrachos, así fue que Chávela empezó a darle vueltas a todas las cantinas de nuestro pueblo tomando cunchos del preciado líquido, era muy común el verlo desde Luces de La Pampa, Luces De Buenos Aires, pasando por El Bar Miranda, por donde Franceny López, hasta la última cantina del Cementerio, tomando el amarillento y espumoso liquido  de cebada, cuando terminaba el recorrido se le veía a eso de las diez u once de la noche atajando piscos como decíamos, jincho, con una perra como nos decía cuando pasaba por La Porteñita  y nos veía allí , siempre se nos arrimaba, a su paso recogía las mesas y asiento que se interponían entre el andén y nuestra mesa, yo siempre le gastaba la última cerveza de la noche y no eran cunchos de nuestra beba, era el líquido recién destapado, aun cuando terminaba de injerir la cerveza entera, recogía  los últimos cunchos de la bodega de Franceny.

Para desenguayabar el día lunes, se iba por los lados de El Destapado, esperando a que abrieran la bodega de Bavaría que quedaba por allí, adivinen a que, pues a arrumar y a desarrumar las canastas de cerveza a ver si conseguía sus cunchos, allí si habían artos, otra vez quedaba con el cupo completo, casi dormido de la rasca tan tremenda.

Del pobre Chávela  solo queda el recuerdo, hoy su fantasma recorre las calles de Sevilla, en búsqueda mía, para que le gaste otra cerveza o en busca del  ultimo cuncho para poder descansar en paz.

Cando su fantasmagórica figura atraviesa los vacíos y silenciosos pasillos de la Galería, se detiene a reflexionar sobre su vida en este pequeño y paradisiaco mundo llamado Sevilla la del Valle del Cauca, Colombia

jairvalenciagaspar@yahoo.es   

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10/3/17

El Campito

Divagando por mi pueblo, mi memoria aterriza hoy otra vez en el barrio Puyana.

En El Campito, lugar de reunión de futbolistas y de pichones de futbolistas, allí se armaban unos picados de padre y señor entre los equipos del barrio San Vicente y del barrio Puyana, que acompañaban sus respectivos equipos y sus  barras, barras bravas por cierto, todavía resuena en mi cerebro el bullicio y los enormes madrazos del joven Ernesto Pino, cuando perdía un balón, se le veía como echaba chispas porque además venia de su amigo Fabio Valencia, “El Cunda Valencia”, pero no El Cunda del Deportivo Cali, no, el hijo de Conrado.

Todavía Sevilla escucha los gritos de “Grillo”, la fuerza de Lucrecia “Montoyita”, “La Pulga”, “El Goido”, este “Goido” mascullaba para sí, nadie le entendía lo que decía, parecía como si estuviera comiendo o seria que llevaba fiambre y ninguno se daba cuenta, pero que mascullaba y le daba vuelta a su lengua como si se la fuera a tragar, los alegatos de Los Fontal eran fenomenales, los sermones del cura porque no lo dejaban dar la misa, las risas de los espectadores y los balonazos contra la pared de enfrente o en las paredes o el tejado de la iglesia.

Al pobre  Clímaco  casi siempre lo dejaban en la banca, yo no sé definir, si era por tronco o por peleonero, cuando a veces jugaba y se calentaba, se convertía en un espectador más.  

El Campito era un lugar fantástico, al lado de la iglesia del barrio Puyana, donde las palabras soeces eran el pan de cada día, unos porque les habían marcado un gol, otros porque perdían un balón y otros porque su esencia era de ser hombres que su irascibilidad estaba marcada, “Grillo” por ejemplo, de él aún resuenan sus madrazos y su padre don Eduardo todavía sus cachetes colorean de pena,  viendo a su hijo enardecerse en los picados que a diario se formaban en El Campito.

Mientras tanto el cura predicaba el evangelio en medio de gritos, groserías y obscenidades de los jugadores e hinchas furibundos que asistían a diario a los picados que se jugaban, claro que iban acompañados de las pobrísimas apuestas que por cada partido se hacían, partidos que se jugaban a cierto número de goles y sin jueces, los únicos jueces eran “su conciencia” deportiva y a veces se recurría a los aficionados por lo regular a los más viejos de la época, por lo general a don Eduardo Buitrago. 

Bueno el señor cura, tenía en ese entonces  un  miquito en la Casa Cural, que era maniático sexual, cuando veía a un hombre se  desesperaba, porque   se cagaba en la mano y les tiraba la mierda en la cara, no así cuando veía a una mujer, porque con ellas el trato era diferente, con ellas era la excitación total, les tiraba solo los orines,  mico grosero y mal educado.

Cuando el picado terminaba desfilaban, el primero era Ernesto Pino, la prole perdedora y ganadora en un  gesto de amistad sincera se sentaban en el andén de don Enrique Moreno a degustar los deliciosos helados que fabricaba doña Crusana, se refrescaban para iniciar un nuevo desafío y una nueva apuesta.

Era todo este vivir una mezcla rara de teología, vulgaridades, alegatos y algunas peleíllas que se daban de vez en cuando, era el circo de la vida que en su engranaje diario nos regalaban estos personajes que por mucho tiempo llenaron este espacio del barrio y de nuestras alegrías.  

Yo observaba, porque a propósito vivía en el barrio El Pinar, al lado de mi amigo Raúl Flores Duque,  diría yo que no sabía si estaba medio prendido o medio borracho pero no de trago, aunque no nos faltaba, la embriaguez era de conocimiento, nos pasábamos un fin de semana completo en su biblioteca, en grandes tertulias donde yo aprendía sobre la historia Inca, Maya, Muisca y donde conocí a un gran y fabuloso hombre de la cultura sevillana, escritor y crítico de la iglesia católica, hombre honesto y sabio, del cual me nutrí, más la compañía de nuestro amigo James Vélez Uribe, completaba el combo el profe Carlos Herrera, cuando estaba prendo como dicen, salía a la calle a decir que él era El Indio Quirama, nunca supe quién era el indio ese, don Fernando Alarcón se unía al grupo haciendo apuntes y aportes fabuloso a nuestros bohemios fines de semana y de invitado un vecino que le decían “Pegadilla”, buen hombre, pero cuando se emborrachaba nos hacía poner y repetir un  disco “El poncho de mi padre”, igual número de veces que el disco sonaba él lloraba, la razón jamás la supe, solo Raúl la sabia, nunca me lo dijo, bellísimas personas todas ellas.

Cuando paso por el barrio Puyana, recuerdo con muchísimo agrado y melancolía a mis amigos, y aun siento el calor, el bullicio, las misas, las risas, los madrazos  de El campito, me detengo y pienso en todo ello, con una mezcla de tristeza, nostalgia y alegría por el tiempo pasado y todos los buenos sucesos que me tocó vivir en ese hermoso sector.


Por | Jair Valencia Gaspar.

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6/3/17

“Pacho Templete” y Roberto “el Doctor Marihuana”

Estos dos personajes de la vida en los años 60tas, marcaron una parte de la vida del barrio, ambos con sus locuras y sus ocurrencias.

Por esos años la carrera 50 estaba sin pavimentar, el matadero de esa época se encontraba en el barrio Puyana, allí algunos vaqueros de la época arreaban ganado desde la vereda La Estrella, por lo regular cruzaban las manadas a veces por el centro de Sevilla, la mayoría era ganado bien bravo y que Miranda abajo hacia correr y encerrar a más de un parroquiano,  incluso muchos almacenes de la época cerraban sus puertas cuando escuchaban el rumor que había ganado suelto, Sevilla se convertía en demostraciones de vaquería y  muchas veces en plaza de toros.

Otras veces los lograban llevar hasta el matadero, también allí se disolvía la manada o a lo mejor era el cuidandero quien abría las puertas para que el ganado quedara libre, unos salían por todo Puyana, haciendo cerrar las casas y los pocos negocios que existían, otros salían hacia el Cementerio por el barrio San Vicente.

Bajando de Puyana hacia el centro, los toros y toretes bajaban raudos y veloces, arrasando con todo lo que se encontraban en su camino,  todo el mundo corría, se convulsionaba la carrera 50, tal vez por las carreras diarias fue que a los hermanos Gabriel y Julián Giraldo Arias les nació la afición por el atletismo, fueron sus primeras carreras en la veloz  y despavorida huida  de todo el vecindario, algunos se caían, otros hacían cosas imposibles por esconderse, esta escena se repetía en todo Sevilla.

El pueblo se convulsionaba, se aceleraba, los vaqueros que casi nunca se bajaban de sus corceles, Manuel Pizarro, Carlos Cano, Demetrio Marín, Clavijo, tenían trabajo, día y noche, debían recuperar el ganado, además eran ayudados por múltiples  jinetes entre otros Maelo (le decían el cacorro), inmediatamente se daba cuenta  que el ganado se había volado, ensillaba su penco y empezaba su cabalgata,  desde casi Tres Esquinas hasta el matadero, en su camino se cruzaba con algunas reses mansas las que arreaba hasta Puyana, también los acompañaban  muchísimo personal de a pie.

Todos corrían y corrían, menos  “Pacho Templete”, ni Jairo (“Peligro”, el constructor) al llegar la dispersa manada en fila india, casi hasta la bomba CODI, los primeros toros los recibía “Peligro”, con un palustre y un dulce-abrigo rojo, les sacaba las primeras suertes, luego los libres toros encontraban a  “Pacho Templete”, bien trajeado,  periódico en el sobaco, de espaldas a los pocos novillos que venían con furia inusitada, el vecindario corría despavorido a esconderse en algunos burladeros que por allí habían, parecía la filmación de una película, y “Pacho Templete” ahí, inmóvil, hombre valiente decía yo, firme en la mitad de la calle, de espaldas a los enormes bovinos de raza cebú y tierra fría salvaje, de enormes y afilados cuerno.

Los vecinos  hablaban, las mujeres gritaban, los niños corrían, pero todos centraban su mirada en el valiente Pacho…………..Pacho, cuidado que hay vienen los toros, Pacho mascullaba,  rezongaba y miraba de reojo, cuando calculaba que el primer toro venia por ahí a unos 15 metros, sacaba el periódico de debajo del sobaco, lo abría y sacudía como queriendo alisarlo para que quedara sin arrugas, para poder tener un mejor lucimiento con temple y garbo, al enfrentar los toros  en desafiante y leal duelo, jugándose la vida al pasar uno a uno los peligrosos bovinos, en este duelo, el único que ponía su vida de por medio era Pacho,  porque él no utilizaba picadores, espada, ni estoque.

Pasaba el primero y sacaba la primera suerte, el toro seguía de largo y Pacho ahí, venia el segundo torete y cual si fuera torero profesional sacaba otra hermosa suerte, en esta ocasión una manoletina, al tercero lo esperaba de rodillas y así uno por uno, se jugaba entero como queriendo decirle al pequeño mundo y al vecindario que el de joven había sido un gran torero.

Utilizaba Pacho una serie de suertes (verónicas, chicuelinas, el faro, de derecha, media verónica, el molinete). Gran espectáculo verlo torear.

Yo siempre me pregunté porque hacia semejantes demostraciones arriesgando su vida, nunca encontré respuesta, hasta que un día me atreví a preguntarle, su respuesta, fui un torero frustrado porque no tuve apoyo de nadie.

Hoy “Pacho Templete”, muestra sus grandes dotes de torero allá en ese otro mundo.

Por suerte fui testigo, porque viví esa época tan linda con intensidad, muchos eventos los viví, hoy los siento y los recuerdo con alegría.

Roberto “el Doctor Marihuana”
Era un hombre pulcro, muy bien vestido, de saco, corbata y de una espesa y negra barba.

Cada vez que pienso en él,  siempre mi inteligencia olfativa me trae recuerdos olfativos, el olor a libro abierto, el que quienes tienen la pasión por la lectura lo recordaran, hoy me huele a páginas, a recuerdos, a cultura y a conocimiento. Ese precisamente era Roberto.

Nunca supe si era médico, filosofo, astrónomo, psicólogo o un sin-número de conocimientos, de hecho, lo que le preguntábamos, él lo sabía, casi sin lugar a equivocarme creo era médico, pero también un extraordinario filósofo, seguramente en esa época era mi ídolo, aprendí la pasión por la lectura y la filosofía.

Roberto, era ateo, pero no agnóstico, contradictorio tal cual el personaje.

El señor, era otro personaje de nuestro vecindario, diferente a Pacho Templete”, aunque ambos eran callados, con muchos hechos, pero con pocas palabras.

A Roberto solo lo dañaban dos cosas, la lectura excesiva y la marihuana, esta mezcla hizo que Roberto enloqueciera un poco por la mañana, a medias en el medio día, un poco en la tarde y se descarriaba del todo en las noches, pero no en todas, había ciertas noches del mes que, al pobre del Roberto, se desempataba del todo, al filo de la media noche, cambiaba de indumentaria, se desnudaba, se cubría desde la cabeza, cual si fuera un beduino con una sábana blanca, parecía iluminar la oscuridad de la noche, resaltaba cual alma en pena o fantasma en agonía, su alma divagaba entre el ateísmo y el cristianismo.

Caminaba dos o tres cuadras hacia arriba y hacia abajo, predicando la biblia y gritando a viva voz que él era Jesucristo, representante de Dios en la tierra, así nos entretenía hasta las tres o cuatro de la mañana.

Al día siguiente retornaba su cordura, libros, café, sabiduría y marihuana, cuando salía a descansar caminaba y caminaba, siempre desandando los pasos de la noche anterior.

Luego lo perdimos como vecino, creo se fue a vivir por la calle 54 entre La Pista y La Miranda.

Hoy predica la biblia en otro mundo, seguramente le predica a Pacho Templete” y a Álvaro Ocampo “La Pulga”, éste juega fútbol en ese mundo, para que Roberto y Pacho lo vean; y en su descanso Pacho le saca suertes con su viejo periódico a las almas de los bovinos, se divierten tal cual lo hicieron en este mundo.







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